El (gran) valor de lo pequeño
A menudo vivimos impresionados, casi obsesionados, con lo grande. La gente quiere una casa grande, trabajar en una multinacional, una pantalla de plasma de tropecientas pulgadas (hoy, en el Saturn de Oviedo promocionaban el plasma más grande del mercado, y lo vendían por unos 40.000 €), nuestros dirigentes quieren construir grandes edificios, grandes estadios y grandes obras públicas, y los empresarios hacer más grande su empresa…
Pero pensamos poco en el valor de las cosas pequeñas. Sí, a menudo decimos que”la sal de la vida está en las cosas pequeñas” o que “la mejor esencia va en frasco pequeño”…pero no nos lo aplicamos.
Cuántas empresas pequeñas son auténticos santuarios de la innovación, una pequeña familia, una grupo casi de amigos…y crecen para ir poco a poco perdiendo las cualidades que las hacían de verdad ‘grandes’, porque dejan de centrarse en lo que antes hacían para centrarse en ‘crecer’, y por el camino pierden a parte de los miembros de esa ‘familia’, ganan más dinero pero pierden la alegría y la innovación. Como nosotros mismos, que crecemos y nos volvemos seres melancólicos, preocupados por llegar a fin de mes, olvidamos los sueños para conseguir otras cosas que nunca sabemos si quisimos y seguimos creciendo…hasta que nos morimos.




