Archivo para julio, 2010

Competencia y Jerez: el dilema paradójico

Economía 31 de julio de 2010

Hace apenas unas horas, se ha conocido que la Comisión Nacional de la Competencia ha impuesto una millonaria multa a un buen número de empresas productoras-distribuidoras de Vino de Jerez. Las ‘sentencias’ de este organismo siempre son interesantes de analizar si te interesa la economía, pero en este caso me ha parecido un ejemplo de libro para explicar el dilema del prisionero, ya que una de las bodegas implicadas -la de la familia Ruiz-Mateos- ha salido libre de multa por colaborar en el proceso.

En el esquema de la matriz de pagos de un dilema del prisionero, todos escogieron esperar a ver si pasaban los plazos y quedaban sin sanción, y uno se saltó el ‘acuerdo’. Ahora, el resto se comen una sanción multimillonaria que seguramente aboque a más de una bodega al cierre, mientras que el colaborador no solo se queda sin multa sino con menos competencia. A veces, las actuaciones de la Comisión Nacional de Competencia son así de paradójicas…

Y, ¿por qué puede llegar a ocurrir esa paradoja de que alguien acabe quedándose sin competencia en un supuesto proceso de defensa de la misma? La razón se llama ‘Programa de Clemencia’:

La clemencia puede beneficiar a aquellas empresas que aporten elementos de prueba que posibiliten a la CNC la detección del cártel, siempre que no hayan sido las instigadoras del mismo y pongan fin a su participación en la conducta prohibida.

El programa de clemencia supone, para las empresas que forman parte de un cártel una suerte de vía de salida, ya que, si cumplen determinados requisitos, podrán beneficiarse de la exención o reducción en el pago de la multa que les habría correspondido por su participación en el acuerdo prohibido.

Fase REM

Relatos 28 de julio de 2010

Volvió a cruzársela a las 8 menos 7 minutos.

Como el día anterior. Al igual que cada domingo a las once y cuarto cuando salía al quiosco.
No le importaba, porque ello le permitía volver a verla una vez más. La veía acercarse unos metros más allá y levantaba la vista como si al día siguiente no fuese a verla más, como si quisiese contar cuántas vetas había en aquellos ojos marrones. Se cruzaban, y el olor de su pelo todavía húmedo lo impregnaba todo durante unos instantes.

¿Dónde lo había olido antes?. A veces tenía la impresión de que ella le miraba, también pensativa. Tal vez se había dado cuenta de que se cruzaban todos los días a la misma hora en el mismo lugar. A veces creía ver que se le escapaba entre los labios una pequeña sonrisa. Entonces, él miraba al suelo fingiéndose distraído y sólo alzaba la mirada cuando la distancia entre ambos volvía a aumentar.

Ahí terminaba su encuentro de cada día. Nunca volvía la cabeza porque le daba miedo. No era su espalda, sino su cara. Temía que por una de esas casualidades, ella hiciese lo mismo y le viese intentando escudriñar dónde había visto esa mujer antes.

Por la noche, como cada una desde hacía más de tres años, se miraron, hablaron, se abrazaron y decidieron que tenían que pasar más tiempo juntos para mejorar su relación.
Pero cuando algo antes de las 7 de la mañana, como todos los días, en sus casas sonó el despertador, ninguno de los dos fue capaz de recordarlo. A las 8 menos 7 minutos volvieron a cruzarse dos viejos desconocidos.

La generación perdida

Sin categoría 24 de julio de 2010

Nacieron en los 80 y crecieron con Barrio Sésamo o los más sosos Mundos de Yupi primero, y luego con Bola de Dragón o los partidos interminables de aquellos ases del balón que eran Oliver y Benji. Se hicieron adolescentes con el Windows 95 y Héroes del Silencio. Creyeron que estudiar una carrera universitaria les abriría las puertas a un trabajo interesante y bien pagado y aprendieron a temer que la Selectividad les privase de la vocación que acababan de crearse.

Crecieron en paz y en relativa prosperidad. La justa para acostumbrarlos a disfrutar consumiendo. Tuvieron clases de ‘Ética’ en el instituto y les enseñaron a alegrarse por los logros ajenos. Jugaron en la calle y con videojuegos. Desarrollaron conciencia ecológica.

El 30% de estos jóvenes que están a punto de llegar a la treintena están en paro. Muchos de ellos quizá no lleguen a tener nunca un trabajo. Para la mayor parte de ellos la única esperanza laboral está puesta en seguir estudiando, ahora para sacarse una oposición. Eran la generación destinada a cambiar el mundo, ahora son solo una generación perdida.

Hora de (no) hablar

Sin categoría 20 de julio de 2010


Extraído de ‘Las Consecuencias’, el último (hasta el momento) disco de Enrique Bunbury.

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