Archivo para febrero, 2012

Fragmentos (C.7)

fragmentos 29 de febrero de 2012

[...]el mío.

En el trabajo sustituí las dos semanas libres que había pedido inicialmente por un año de excedencia. Alegué que, aparte de los papeleos relativos a la desaparición de mi amigo, necesitaba un tiempo de descanso para reflexionar y esta vez nadie puso ningún pero. A mi jefe le contrarió un poco tener que adaptarse a la nueva situación, pero aceptó con razonable naturalidad que tras la pérdida de una persona importante quisiera respirar, alejarme durante una temporada.

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Condena

Relatos 27 de febrero de 2012

Cinco años han pasado. No acierta a saber si es mucho tiempo o poco, pero ha transcurrido lento. Paula recuerda un tiempo en que los días le parecían cortos, luces huidizas que pasaban por su lado acariciando su suerte porque él estaba a su lado.

Mirando al techo fijamente, regresa a aquellos días reviviendo las promesas rotas, las mentiras amparadas, las faltas perdonadas, el amor derramado y nunca recogido, las lágrimas huérfanas de explicación, la sensación de que las luces se escapaban veloces después de haberla deslumbrado y el intento de apagarlas.

En medio de la penumbra se ha acostumbrado a distinguir su propio brillo y, aunque no se lo dirá a nadie, está segura que crece día a día. Incluso ha comenzado a apreciarlo bajo el más implacable sol cuando sale a pasear por el patio.

Si todo va bien, piensa, para cuando hayan pasado otros cinco años y empiece de nuevo no necesitará nada más que su propio fulgor. Mientras tanto, agradece que el tiempo pase lento en esta cárcel.

Cervecería L’Asturianu – Pinwheel (extrañas conexiones mentales)

personal 24 de febrero de 2012

Leo una noticia sobre el lanzamiento de una nueva red social llamada ‘Pinwheel’ que “permite escribir y compartir notas sobre mapas del mundo” y de repente recuerdo la Cervecería L’Asturianu de la calle Carta Puebla de Oviedo.
Las paredes de esta cervecería, que hace ya meses que cerró, estaban llenas de frases escritas a rotulador por sus clientes a lo largo de muchos años.
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Alas de mariposa

Relatos 15 de febrero de 2012

Otro brevísimo relato.

“No puedes tocar las mariposas”, decía siempre mamá. Nunca llegué a preguntarle si era una imposibilidad física, cosa bastante probable dada la velocidad con la que levantaban el vuelo ante cualquier movimiento, o por el contrario algún tipo de mandato ético o natural –tal vez sus alas eran mortalmente venenosas-

El caso es que crecí contemplándolas con una mezcla de respeto, admiración y temor. Por entre los naranjos y almendros del abuelo danzaban siempre en verano docenas de ellas, aleteando de rama a rama mientras los rayos del sol que se colaban por los huecos que dejaban las hojas proyectaban haces de luz por los que ellas cruzaban como un proyeccionista de cine despistado que atravesara el centelleo de la película.

Era una finca larga y estrecha con un sendero central que terminaba en el cauce de un arroyo al que costaba ver el agua y dos hileras de árboles a cada lado que, especialmente los naranjos, proporcionaban una sombra especialmente agradable –fresca y perfumada- a la que sentarse a leer o a escuchar los grillos sobre un taburete de madera que el abuelo había tallado para mí a partir de un tronco de roble del que partían tres ramas que constituían las patas de mi asiento.
Pasaba los días leyendo en aquel taburete novelas rescatadas de un baúl que había en el desván, bebiendo leche fría, camelando a las gallinas con granos de maíz.

Dicen que toda tu vida, los mejores momentos, pasan ante ti justo antes de morir. Tal vez la mariposa blanca que se acaba de posar sobre mi dedo solo ha venido a traerme recuerdos. O tal vez, después de todo, sus alas eran venenosas.

Fragmentos (C.6)

fragmentos 8 de febrero de 2012

[...]más tiempo del que inicialmente creía.

La propietaria del edificio donde vivía Alejandro era una mujer de mejillas sonrosadas que aparentaba afable y cercana. El primer pensamiento que tuve al verla fue que si llevase un colorido capirote habría dudado si estaba ante la encarnación de Lisa, la entrañable compañera de David el Gnomo. No sé si vivía solo de las rentas de aquella propiedad, pero aunque no aparentaba tan mayor como para haberse jubilado –no creo que hubiese llegado aun a los sesenta años- no parecía tener otro trabajo aparte de soportar el correteo de unos niños vivaces que, ateniéndose a la hora, debieran estar en el colegio en lugar de colgándose por las piernas de aquella mujer.
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