Fragmentos (A+B+C)
fragmentos 30 de marzo de 2012
Toca de nuevo recopilar los fragmentos que han salido hasta el momento, tras llegar al último fragmento de la serie C (C.9). Allá va pues, los fragmentos A, B y C de este ¿experimento?
Fragmentos (C.9)
fragmentos 24 de marzo de 2012
[...] dentro de él cuando los escribió.
Lo onírico era bastante recurrente en sus relatos, así como los recuerdos y la memoria. En algunos, ambos conceptos se entremezclaban y se confundían. Pero quizá la noción más frecuente en sus historias era la de identidad, que estaba presente en mayor o menor medida en la mayor parte de sus mejores relatos. Predominaban los personajes solitarios, a menudo trazados de melancolía, que buscaban o huían de algo; un pasajero que viajaba en un tren sentado en el sentido contrario de la marcha imaginando que el tiempo se desplazaba en sentido contrario como las cosas que se alejaban, o un atormentado personaje que emprende la búsqueda en su cabeza de un recuerdo extraviado para terminar por encontrarlo en la de otra persona cuando ya se ha resignado a darlo por definitivamente perdido.
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Fragmentos (C.8)
fragmentos 10 de marzo de 2012
[...]Entre tomar prestado y robar.
Alternaba la respuesta al correo con la lectura de los escritos que había ido reuniendo en la habitación. Cada día dedicaba varias horas a responder concienzudamente al correo que llegaba a nombre de Alejandro y, cuando terminaba, salía a comer –por la hora, en muchas ocasiones el término correcto sería merendar- en alguna cafetería.
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Fragmentos (C.7)
fragmentos 29 de febrero de 2012
En el trabajo sustituí las dos semanas libres que había pedido inicialmente por un año de excedencia. Alegué que, aparte de los papeleos relativos a la desaparición de mi amigo, necesitaba un tiempo de descanso para reflexionar y esta vez nadie puso ningún pero. A mi jefe le contrarió un poco tener que adaptarse a la nueva situación, pero aceptó con razonable naturalidad que tras la pérdida de una persona importante quisiera respirar, alejarme durante una temporada.
Fragmentos (C.6)
fragmentos 8 de febrero de 2012
[...]más tiempo del que inicialmente creía.
La propietaria del edificio donde vivía Alejandro era una mujer de mejillas sonrosadas que aparentaba afable y cercana. El primer pensamiento que tuve al verla fue que si llevase un colorido capirote habría dudado si estaba ante la encarnación de Lisa, la entrañable compañera de David el Gnomo. No sé si vivía solo de las rentas de aquella propiedad, pero aunque no aparentaba tan mayor como para haberse jubilado –no creo que hubiese llegado aun a los sesenta años- no parecía tener otro trabajo aparte de soportar el correteo de unos niños vivaces que, ateniéndose a la hora, debieran estar en el colegio en lugar de colgándose por las piernas de aquella mujer.
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Fragmentos (C.5)
fragmentos 29 de enero de 2012
Tras el hallazgo de la foto, imposible sin el paseo anterior, reemprendí el buceo por los archivos de Alejandro con un renovado ánimo. Fue entonces cuando comencé a leer lo que había estado escribiendo. Me había prometido que sería el primero en leerlos y tras su desaparición había estado flotando sobre tal responsabilidad, barajando en mi cabeza aquella promesa. Si leer con verdadera atención es un acto prácticamente tan absorbente como escribir, ser quien pone la mirada por primera vez sobre unas palabras tal vez condenadas a perderse requiere una fuerza interior que no consiguiera encontrar hasta entonces.
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Fragmentos (C.4)
fragmentos 24 de enero de 2012
Ya había pasado antes por mi vida, aunque no sabía que se llamaba Lucía.
La había visto un viernes en la cola de la caja de un supermercado, y me había llamado la atención su forma de caminar tal que si llevase unos grilletes en los tobillos, con pasos muy cortos y lentos. Tenía un rostro amable y bonito, y un pelo negro casi a la altura de los hombros que tenía el toque justo de descuido para dejar claro que no era una de esas mujeres que vivían obsesionadas con la imagen que proyectaban. Mientras estuvo quieta, fue una mujer sencilla con un toque atractivo, y cuando tocó su turno y hubo de avanzar, acabó de despertar mi curiosidad.
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Fragmentos (C.3)
fragmentos 19 de enero de 2012
[...]como si nunca hubiese existido.
Las montañas de papeles del estudio de Alejandro se convirtieron en una conexión etérea entre el tiempo que pasaba fuera y otro que parecía haberse detenido en paralelo, en algún punto impreciso. Pronto descubrí que el alcance de lo que Alejandro había dejado atrás era demasiado relevante a los ojos de aquella especie de albacea curioso en que decidí convertirme.
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Fragmentos (C.2)
fragmentos 14 de diciembre de 2011
Más de un mes después, vuelvo pordosolía
Cruzar el umbral sabiendo que al otro lado de la puerta estaban las cosas que habían sobrevivido a Alejandro, a las que había dotado de significado, fue como penetrar en un santuario de extraña familiaridad. En la casa que había ocupado durante los últimos meses todo parecía igual a la primera visita que hiciera unas semanas atrás. Mi primera parada fue frente al sofá rojo del salón, donde me despertara entonces.
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Fragmentos (C.1)
fragmentos 3 de noviembre de 2011
Pequeños montones de papel se apilaban sobre el escritorio y a sus pies esperando turno impasibles como un inmenso pelotón sin rostro en el que cualquiera de sus miembros podía ser llamado en cualquier momento. Una señal, una elección caprichosa, –“¡tú, vente conmigo!” decidía el orden en que eran convocados, ciertamente irrelevante en tanto en cuanto todos estaban condenados a seguir el mismo camino.
¿Qué parte de la vida de un hombre podríamos llegar a conocer hurgando entre sus papeles? No sé si nos haríamos una idea más precisa que preguntando a sus amigos, a su familia o a su amante, en caso que los tuviera. En cualquiera de los casos obtendremos solo palabras, crudas y vanas, el material con que se traduce la compleja fórmula de lo que ocurre en el mundo. A partir de ahí, el gran problema reside en distinguir cuáles de todas esas palabras son relevantes, arrancarlas de entre las que definen y abarcan los matices de cada vivencia, extraer al hombre de las profundidades de sus propias palabras, de sus actos, de sus recuerdos y de los de quienes le conocieron para arraigarlo definitivamente a la historia del mundo. Para entenderlo, para encontrar la fórmula única que traduce sus actos.
No hubo cuerpo, no hubo autopsia, ni entierro. No hubo flores ni amigos glosando sus virtudes. Tan solo una repentina ausencia, lejana y velada que, como la caballería que coceara a Funes recluyéndolo en la maldición de recordar cada pequeño detalle de lo que pasaba frente a sí, me empujó a querer reconstruir a Alejandro.
Unas semanas después de mi primera visita, regresé a Brujas. Volví a aquel apartamento con el corazón encogido y la zozobra punzándome el vientre. En aquella segunda ocasión iba tras la memoria de Alejandro. Tras los fragmentos que me esperaban en los montones de papel que se desperdigaban por el estudio, entre los libros, colgados de las paredes, entre la comida que empezaba a pudrirse en la nevera, en su listín telefónico de tapas rojas. Allí estaba lo que había matado a Alejandro y allí me llevaban al mismo tiempo el azar y las entrañas.
