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	<title>A título individual: blog de David Lombardía</title>
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	<description>Apuntes de David Lombardia</description>
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		<title>Derrota</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 22:53:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; Derrota Sin haber esperado a que anocheciera, los hombres que habían sobrevivido emprendieron la marcha hacia el sur, cabizbajos y cansados, con las señales de la lucha marcadas en sus rostros.  Sabían que tenían los días contados y sin duda se reflejaba en su ánimo apagado, taciturno, y en el silencio apenas roto por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>&nbsp;<br />
<strong>Derrota</strong></p>
<p>Sin haber esperado a que anocheciera, los hombres que habían sobrevivido emprendieron la marcha hacia el sur, cabizbajos y cansados, con las señales de la lucha marcadas en sus rostros.  Sabían que tenían los días contados y sin duda se reflejaba en su ánimo apagado, taciturno, y en el silencio apenas roto por alguna tos.  No había lamento, sin embargo.  Tan solo una resignación desganada.</p>
<p>El fantasma de la derrota flotaba sobre aquel grupo de hombres despojados de ilusión pero que conservaban la actitud tranquila, serena.</p>
<p>Caminaron durante diecisiete días, entre el polvo y el calor primero y después bajo la lluvia hundiendo sus pies en un lodo parduzco.</p>
<p>Después encontraron un páramo resguardado por su cara norte, presidido por una monumental roca que el tiempo había dejado erguida y desafiante semejando un ídolo austero tallado a capricho de una mano invisible .</p>
<p>Allí se establecerían, levantarían nuevas casas y cultivarían las tierras más fértiles cercanas al río a sabiendas de que estaban condenados a desaparecer uno tras otro.</p>
<p>Hasta que el último de ellos dejase todo aquello a merced de la ruina y el olvido, recordarían la tarde en que el destino de aquel pueblo fue sentenciado con el sacrificio de sus mujeres.</p></blockquote>
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		<title>Diario</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Apr 2012 19:40:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Diario Empecé a escribir de modo bastante previsible, como una suerte de terapia que me ayudaba a sobrellevar una vida cruzada por la monotonía y repleta de pequeñas y grandes contrariedades. Después de años leyendo compulsivamente me parecía una maniobra sencilla e inocente, pero con un tremendo poder de liberación. Comencé por pequeñas y espontáneas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><strong>Diario</strong></p>
<p>Empecé a escribir de modo bastante previsible, como una suerte de terapia que me ayudaba a sobrellevar una vida cruzada por la monotonía y repleta de pequeñas y grandes contrariedades. Después de años leyendo compulsivamente me parecía una maniobra sencilla e inocente, pero con un tremendo poder de liberación.</p>
<p>Comencé por pequeñas y espontáneas historias en las que intentaba introducir un toque luminoso, amplificar los breves instantes de ese cariz que traía cada día, pero pronto empecé a sublimar en mis relatos los impulsos y arrebatos que no alcanzaba a expresar de otro modo. Dominaba el poder oculto en las palabras, las gobernaba y guiaba a mi antojo.</p>
<p>El día en que vinieron a detenerme se llevaron todos mis manuscritos farfullando algo sobre que ningún abogado sería capaz de sacarme de esta. Pretendo crear uno que lo haga en cuanto sea capaz de hacerme con papel y lápiz.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Marzo 2012</em></p>
</blockquote>
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		<title>Bailarines</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Apr 2012 21:09:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[bailarines]]></category>
		<category><![CDATA[sueños]]></category>
		<category><![CDATA[vals]]></category>

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		<description><![CDATA[Bailarines Un grito agudo y prolongado ha despertado a Alberto de su sueño de forma súbita, convirtiendo aquella realidad en una ilusión, apenas siquiera un recuerdo que se afana en repasar con la intención de no dejarlo escapar. Bailaba con una mujer un vals inglés en un enorme salón de aspecto clásico. La música flotaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><strong>Bailarines</strong></p>
<p>Un grito agudo y prolongado ha despertado a Alberto de su sueño de forma súbita, convirtiendo aquella realidad en una ilusión, apenas siquiera un recuerdo que se afana en repasar con la intención de no dejarlo escapar.</p>
<p>Bailaba con una mujer un vals inglés en un enorme salón de aspecto clásico.  La música flotaba en la estancia como una niebla sonora que los acariciaba con su ritmo y su melodía. Él completaba su pijama de franela con una pajarita y unos brillantes zapatos negros, y ella danzaba descalza enfundada en un vaporoso vestido de color claro y finísimos tirantes que dejaban sus hombros prácticamente descubiertos. Unos hombros sobre los que caía su melena, perfumando a su alrededor con una fragancia que él intenta evocar en su duermevela, persiguiéndola ahora entre las volátiles fronteras de lo ilusorio como lo hacía justo antes de que el grito le despertase, cuando acercaba sus sentidos cada vez más al origen de aquel perfume sin dejar de bailar, en un ejercicio que requería de delicada harmonía.</p>
<p>Lucía también ha despertado bruscamente en medio de la noche.  Instintivamente se lleva la mano al foco de su dolor.  Se levanta a por un vaso de agua intentando no apoyar su quejumbroso pie derecho  que, piensa, de repente duele como si alguien lo hubiera atropellado con unos grandes zapatones.<br />
<br/>
</p></blockquote>
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		<title>Fragmentos (A+B+C)</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2012 21:16:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[fragmentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Toca de nuevo recopilar los fragmentos que han salido hasta el momento, tras llegar al último fragmento de la serie C (C.9). Allá va pues, los fragmentos A, B y C de este ¿experimento? Fragmentos A+B+C (pdf)]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Toca de nuevo recopilar los fragmentos que han salido hasta el momento, tras llegar al último fragmento de la serie C (C.9).  Allá va pues, los fragmentos A, B y C de este ¿experimento?</p>
<p><a href="/Fragmentos A-B-C.pdf">Fragmentos A+B+C (pdf)</a></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Evaporación</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Mar 2012 21:05:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[objetos]]></category>
		<category><![CDATA[pérdida]]></category>

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		<description><![CDATA[Evaporación Lo primero que perdió fueron unas gafas de sol de brillante montura metálica y finas patillas negras tras las que a veces se escondía. Sopesó que se las pudieran haber robado, pero a su alrededor solo había gente buena, así que tras seguir todos sus pasos buscándolas, se dio por vencido y asumió que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p><strong>Evaporación</strong></p>
<p>Lo primero que perdió fueron unas gafas de sol de brillante montura metálica y finas patillas negras tras las que a veces se escondía.  Sopesó que se las pudieran haber robado, pero a su alrededor solo había gente buena, así que tras seguir todos sus pasos buscándolas, se dio por vencido y asumió que las había extraviado.<br />
Poco después le sucedió algo parecido con su pluma favorita, una estilográfica de resina negra y platino que solía acompañarle casi siempre.  Maldiciendo el descuido que no acertaba a saber cuándo había cometido, se prometió a sí mismo poner especial atención para no tener que volver a extrañar la ausencia de nada más.</p>
<p>Y sin embargo le volvió a ocurrir.  Un paraguas, el disco de canciones clásicas que levantaba su ánimo, un libro que aun no había terminado de leer desaparecieron repentinamente. Algunos de aquellos objetos tenían especial importancia para él –si no, quizás no hubiera reparado en su ausencia, como no lo hizo cuando faltó una naranja del frutero, o la primera vez que uno de los calcetines amaneció sin pareja- y por eso mismo nunca las reponía por otras, ya que su verdadera alma –los objetos también tienen- la componían las historias tras ellos. A veces soñaba incluso que encontraba alguno de ellos.</p>
<p>Con el tiempo descubrió que los objetos terminaban por desaparecer igualmente, por mucha prudencia que aplicase, lo cual le sirvió para vivir un poco más tranquilo.  Comenzó a apuntarlos en un cuaderno, añadiendo la situación aproximada en que se habían esfumado.  Con el tiempo, el inventario de cosas desaparecidas se fue haciendo cada vez más grande y preciso.<br />
Un portavelas que había sobre la mesilla de noche, el frasco de perfume con forma de herradura, el extraño suceso de los clips de su despacho –un lunes desparecieron todos los azules y al siguiente los verdes-, la pareja de reyes del ajedrez que se fugó junta y terminó siendo seguida por todos sus peones.</p>
<p>Así fue llenando páginas enteras con una minúscula letra, hasta que un día mientras escribía la retahíla de desvanecimientos del día el bolígrafo se le <em>evaporó</em> –esa fue la palabra que usó- entre las manos. Comprendió lo que estaba a punto de pasar y, por primera vez en largo tiempo, se permitió el lujo de repasar las largas páginas del cuaderno antes de que se escurriese imparable por entre los dedos.</p>
<p>Luego me llamó, me contó esta historia y se despidió.  Desde entonces nadie le ha vuelto a ver, aunque a veces aparece en mis sueños.
</p></blockquote>
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		<title>Fragmentos (C.9)</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Mar 2012 14:13:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[fragmentos]]></category>

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		<description><![CDATA[[...] dentro de él cuando los escribió. Lo onírico era bastante recurrente en sus relatos, así como los recuerdos y la memoria. En algunos, ambos conceptos se entremezclaban y se confundían. Pero quizá la noción más frecuente en sus historias era la de identidad, que estaba presente en mayor o menor medida en la mayor [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>
<a href="http://davidlombardia.com.es/2012/03/fragmentos/fragmentos-c-8/" target="_blank">[...] dentro de él cuando los escribió.</a></p>
<p>Lo onírico era bastante recurrente en sus relatos, así como los recuerdos y la memoria.  En algunos, ambos conceptos se entremezclaban y se confundían.  Pero quizá la noción más frecuente  en sus historias era la de identidad, que estaba presente en mayor o menor medida en la mayor parte de sus mejores relatos.  Predominaban los personajes solitarios, a menudo trazados de melancolía, que buscaban o huían de algo; un pasajero que viajaba en un tren sentado en el sentido contrario de la marcha imaginando que el tiempo se desplazaba en sentido contrario como las cosas que se alejaban, o un atormentado personaje que emprende la búsqueda en su cabeza de un recuerdo extraviado para terminar por encontrarlo en la de otra persona cuando ya se ha resignado a darlo  por definitivamente perdido.<br />
<span id="more-1138"></span><br />
Una pareja de aparentes desconocidos que se cruza todas las mañanas a la misma hora en la calle con la extraña percepción de conocerse de algo más que ese diario encuentro fugaz y que todas las noches se reencuentran en sueños que no recuerdan al amanecer de nuevo separados.</p>
<p>Empezó a parecerme injusto, casi egoísta, dejar esas historias encerradas en la habitación.  Había encontrado un pequeño tesoro que no debía dejar allí olvidado, que no quería dejar de compartir, y empecé a pensar en mostrarlos, como Alejandro parecía haber prometido a algunas personas.  Espoleado por los acontecimientos de aquellos días, con la motivación infundida por la relectura de alguna de las historias que me parecían demasiado esclarecedoras para dejarlas apagarse en mi memoria y, por qué no decirlo, aprovechando que la desaparición de Adela de la cafetería había restado bastante interés al almuerzo-merienda diario, se me ocurrió la idea de transcribirlos en el ordenador y  compartirlas.<br />
No me costó mucho componer una modesta página en internet donde ir publicando algunos de los textos a modo de homenaje.  La titulé con el nombre completo de Alejandro y añadí un encabezamiento que decía “Estos textos son la memoria de un hombre que vivió creando imágenes y, renegando de ellas, comenzó a escribir hasta el día de su muerte.”  En ella iría depositando el contenido de los papeles con la pretensión de preservarlo.  Un propósito más para completar la extraña partición del tiempo que me aferraba al lugar.</p>
<p>Leía, transcribía, tomaba notas, respondía correspondencia y, desconectado de la vida que acababa de dejar aparcada en España,  pasaba los días como un investigador centrado en su tesis, concentrado en un empeño tan particular que arrinconaba otras preocupaciones haciéndome invisible.  Sentado al inmenso escritorio no existía nada más aunque, ciertamente, había detectado –aunque fuera inconscientemente- la conveniencia de hacer tomar parte de aquel trabajo a alguien más.</p>
<p>Vanidad, instinto de supervivencia de la cordura o designio de otra fuerza, qué importa ya. La primera historia que publiqué, una brevísima fábula sobre un hombre que decide dejar de dormir para no tener que enfrentarse a una oscuridad –añoranza, melancolía, tristeza, pesadumbre, amargura, desconsuelo, miedo-  inmediatamente anterior al sueño, llevaba el título  “Avaricia”.  Esas pocas líneas apretadas pusieron en marcha el engranaje, accionaron el interruptor, y un hombre recluido acabó por escuchar un sonido vibrante y artificioso, semejante al de un ejército de  campanillas afónicas repicando a toda velocidad.</p>
<p>Hubo de sonar varias veces para que relacionase con una presencia humana, con una llamada, el repiqueteo del timbre que sonó en alguna parte del salón. Era por la tarde, probablemente llevaba en aquella casa cerca de un mes, porque ocurrió una semana después de transcribir ‘Avaricia’ y justo cuando acababa de terminar de hacer lo mismo con ‘Fuego’.<br />
Despertado por aquel sonido del ensimismamiento, apenas intuí por primera vez lo ridículo de mi circunstancia: un hombre solo, encerrado en una habitación de una casa que no era suya, en una ciudad prácticamente desconocida –no sabía siquiera el nombre de la calle en que estaba la cafetería de que Adela había desaparecido misteriosamente, me bastaba con saber la dirección que seguir para volver allí- dedicado casi por completo a recuperar una vida y obra ajenas.</p>
<p>El timbre sonó dos veces más sin que me decidiese a levantarme, cruzar el salón y abrir la puerta. Estaba tomando conciencia de mi situación mientras una llave giraba en la cerradura.  Escuché los pasos apagados moviéndose por el salón, reconociendo la habitación vacía, deteniéndose delante del sofá rojo, y luego un llanto espontáneo.  En ese preciso instante, sentí  por fin el impulso de abandonar el escritorio y salí al salón a abrazar a la chica que caminaba despacio.  Había recogido del asiento la fotografía con su nombre escrito en el envés y la apretaba en sus manos; siguiendo el brillo de las lágrimas hasta su origen en la luz de sus ojos, descifré –recordé- su nombre: <strong>“Bienvenida, Lucía”.</strong> </p></blockquote>
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		<title>Curva de Laffer y caída de la recaudación fiscal (El Hundimiento)</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Mar 2012 20:56:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Economía]]></category>
		<category><![CDATA[curva]]></category>
		<category><![CDATA[laffer]]></category>
		<category><![CDATA[PP]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace ya más de diez años, se popularizó entre el gran público en España la &#8216;Curva de Laffer&#8217;, cuando el primer gobierno de José María Aznar argumentó que una bajada de impuestos podía incrementar la recaudación tributaria. Es buen momento para retomarla, pero por motivos bien diferentes: el desplome de la recaudación tributaria y la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya más de diez años, se popularizó entre el gran público en España la &#8216;Curva de Laffer&#8217;, cuando el primer gobierno de José María Aznar argumentó que una bajada de impuestos podía incrementar la recaudación tributaria. Es buen momento para retomarla, pero por motivos bien diferentes: el desplome de la recaudación tributaria y la actividad económica.<br />
<span id="more-1132"></span><br />
La <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Curva_de_Laffer">curva de Laffer</a> se dibuja como una U invertida en la que el eje X de la gráfica representa el nivel impositivo y el eje Y la recaudación.  Salvo que nos encontremos en el máximo de la curva, esa forma parabólica implica que existen dos niveles impositivos a los que se alcanza la misma recaudación, uno más alto y otro más bajo, de forma que por encima del punto óptimo,  es posible bajar los impuestos y mejorar la recaudación. El multiplicador de la actividad económica o la disminución del fraude son algunas de las causas.</p>
<p>Claro que la cosa también funciona en sentido contrario, y todo indica que actualmente hemos entrado en la parte decreciente de la curva.  En los últimos meses se han sucedido las subidas de impuestos y sin embargo, como podemos comprobar en el último informe de la Agencia Tributaria (<a href="http://www.aeat.es/static_files/AEAT/Estudios/Estadisticas/Informes_Estadisticos/Informes_mensuales_recaudacion_tributaria/2012/IMR_12_01.pdf">pdf</a>), la recaudación ha caído espectacularmente.  En concreto, en enero de 2012, nada menos que un 12,9%.</p>
<p>Podemos leer en dicho informe, por ejemplo que:</p>
<blockquote><p>Los ingresos totales por impuestos especiales caen un -7,9% en enero, con descensos de los consumos sujetos superiores al 8% en Hidrocarburos (-8,3%), Labores de Tabaco (-9,0%) y Alcohol y bebidas derivadas (-17,3%). Solo el IE sobre la Electricidad (6,2%) crece en enero por el impulso de la tarifa eléctrica, ya que el consumo de electricidad sigue en negativo.</p></blockquote>
<p>Lo que nos da un buen indicador de caída del consumo de dichos bienes.</p>
<p>Cabe destacar que una de las principales características de la curva de Laffer, es que se entiende que su distribución no es constante en el tiempo ni igual para todas las economías.  Pero, lo que sí parece claro es que los ingresos tributarios de España están en caída libre no &#8220;a pesar&#8221; de las subidas de impuestos sino, en buena medida, &#8220;como consecuencia&#8221; de dichas subidas.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Fragmentos (C.8)</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Mar 2012 12:27:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[fragmentos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; [...]Entre tomar prestado y robar. Alternaba la respuesta al correo con la lectura de los escritos que había ido reuniendo en la habitación.   Cada día dedicaba varias horas a responder concienzudamente al correo que llegaba a nombre de Alejandro y, cuando terminaba, salía a comer –por la hora, en muchas ocasiones el término correcto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>
<a href="http://davidlombardia.com.es/2012/02/fragmentos/fragmentos-c-7/">[...]Entre tomar prestado y robar.</a></p>
<p>Alternaba la respuesta al correo con la lectura de los escritos que había ido reuniendo en la habitación.   Cada día dedicaba varias horas a responder concienzudamente al correo que llegaba a nombre de Alejandro y, cuando terminaba, salía a comer –por la hora, en muchas ocasiones el término correcto sería merendar- en alguna cafetería.<br />
<span id="more-1129"></span><br />
Generalmente frecuentaba una pequeña cerca del hospital de San Francisco Javier, con poco más de media docena de mesas, que a media tarde solía quedar casi vacía de una forma tan repentina que durante mis primeras visitas acabé por salir precipitadamente al verme solo, creyendo que había llegado la hora del cierre.  Cuando descubrí que no era así, comencé a intentar acudir siempre a esa hora en que disfrutaba de un ambiente excepcionalmente calmado, casi monacal –de todas formas me había sorprendido lo tranquilas que eran las cafeterías de aquella ciudad, incluso en las horas punta, en comparación con los bulliciosos bares españoles-.   A menudo era la única persona en aquel local aparte de Adela, la camarera que vestida de pulcro negro –pantalón, camisa y delantal con un bolsillo a la altura del pecho- danzaba entre las mesas y la barra ejecutando una hipnótica coreografía donde cada paso, fuese recoger los restos de un servicio o mover un servilletero dos centímetros hasta un lugar ideal que ella había determinado, parecía parte de un ensayo general  del que yo era el único espectador.  A pesar del nombre  la chica no tenía ascendencia hispana alguna; al parecer, sus padres habían escogido el nombre por el famoso corrido.  Como todo en aquella mujer de sonrisa enigmática, la anécdota sonaba tópica hasta que un pequeño detalle te descolocaba porque resultó que ni ella ni sus padres habían escuchado la canción original nunca, sino una tranquila versión de blues americano, y tampoco conocían el origen de la letra original en la revolución mejicana.</p>
<p>Era una mujer menuda y delgada, de piel clara y rostro bonito moteado con algunas pecas apagadas, casi imperceptibles. De sonrisa afable, gozaba de un sexto sentido para descubrir el estado de ánimo de las personas y demostrar esa empatía a través de pequeños detalles que aunque pasasen desapercibidos no eran nunca triviales.  No lo era cuando en lugar de devolver el cambio sobre el habitual platillo lo hacía depositando las monedas sobre la mano, rozándote la yema de los dedos con los de su zurda mientras su mano derecha sostenía casi en una caricia la tuya.  Aquel gesto no era una transacción, tampoco una costumbre, sino una forma de transmitir un impulso de energía.  Te decía sin una palabra, mirándote desde sus ojos de un marrón claro que a veces parecía verde y con una sonrisa, “yo sé lo que te pasa, he entendido tu dolor y aquí tienes una pizca de aliento, si necesitas más solo tienes que pedirla”.</p>
<p>Apenas había intercambiado algunas pocas frases con ella hasta la tarde en que observé que los movimientos de su coreografía  no eran como siempre. Más que el orden –que siempre tenía algo de improvisación- lo que fallaba era la expresión, el significado mismo de la danza.  El ensayo era una ejecución desapasionada, y su habitual expresión despreocupada y afanosa convertida en una de nerviosa turbación.  La tarde siguiente, en su lugar había un chico apenas un poco más joven que ella, también la siguiente y a la otra. La segunda tarde conseguí preguntarle si Adela estaba de vacaciones y su respuesta fue tan escueta como poco ilustradora: “No”.</p>
<p>El nuevo camarero era un joven desgarbado, de pelo rubio cuidadosamente esculpido con gel que lucía una pequeña piedrecilla brillante enclaustrada en el lóbulo de su oreja derecha.  Exhibía una profesionalidad pasmosa, tan precisa como fría, de gestos medidos, en contraste con la personalidad que Adela le imprimía y cuya ausencia repentina me desconcertaba.  Aun así, continué yendo con frecuencia a su cafetería, en buena medida porque las otras que había ido conociendo tampoco conseguían hacerme sentir más cómodo y, en el fondo, guardaba la esperanza de que Adela pudiera regresar en algún momento.  Entretanto, me quedaban los relatos de Alejandro, que iba devorando uno tras otro con ansia pero paladeando cada frase, queriendo destilar de entre ellas no solo el alma de los personajes que había sacado al papel, sino  descubrir <strong>lo que había quedado dentro de él cuando los escribió. </strong>
<p/></blockquote>
]]></content:encoded>
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		<title>Fijación</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Mar 2012 20:30:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[absurdo]]></category>

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		<description><![CDATA[Un hombre come con la mirada perdida en la pantalla de un ordenador, ajeno a lo que sucede a su alrededor. Tiene en el plato una sopa, de la que se lleva a cada rato una cucharada hacia la boca de forma despreocupada -aunque de alguna forma, inexplicablemente precisa- con la mano izquierda. Conocer si [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Un hombre come con la mirada perdida en la pantalla de un ordenador, ajeno a lo que sucede a su alrededor.<br />
Tiene en el plato una sopa, de la que se lleva a cada rato una cucharada hacia la boca de forma despreocupada -aunque de alguna forma, inexplicablemente precisa- con la mano izquierda.</p>
<p><span id="more-1118"></span><br />
Conocer si es zurdo o diestro nos permitiría intuir cuál de las dos cosas le importan más, si la cena o lo que escribe con la derecha en el teclado del ordenador portátil también deteniéndose a cada poco, momentos en los que no deja de mirar el monitor pero parece que lo hace con otro gesto, la cabeza levemente ladeada y los ojos aun más perdidos en el fondo de la pantalla, como si quisiera atisbar una silueta al otro lado o si en lugar de unas burdas teclas de plástico manejase un pincel y revisase cade trazo sobre el lienzo para luego corregirlo, oscurecer un tono, perfilar un esbozo que tal vez no le convenza.</p>
<p>Parece cansado. Tiene los ojos hinchados y cuando suelta la mano derecha del teclado para pellizcar una miga de pan con la vista fija en el aparato, se nota en su parpadeo que le pican. Lleva el pelo alborotado y un mohín de disgusto, o puede que decepción, asoma a su rostro a veces coincidiendo con los momentos en que sus dos manos están libres.</p>
<p>Desganado, acaba por dejar la cuchara descansar en el plato y lleva también la mano izquierda al teclado, en lo que parece un intento de buscar apoyo. Pero ambas manos permanecen inmóviles sobre las teclas, sin acertar a presionar la tecla correcta. Continua con la mirada perdida, como hipnotizado por la luz brillante que surge del ordenador y, efectivamente, poco a poco sus párpados y el resto de sus músculos se van relajando.</p>
<p>No es de súbito y con un gran estruendo sino lentamente, tal que si se recostase sobre una mullida almohada, como su cabeza acaba encajada de lleno dentro del plato de sopa tibia.<br />
Cuando despierte con la cara llena de fideos se preguntará quién ha escrito esa historia tan absurda.</p></blockquote>
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		<title>Fragmentos (C.7)</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Feb 2012 22:43:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dlombardia</dc:creator>
				<category><![CDATA[fragmentos]]></category>

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		<description><![CDATA[[...]el mío. En el trabajo sustituí las dos semanas libres que había pedido inicialmente por un año de excedencia. Alegué que, aparte de los papeleos relativos a la desaparición de mi amigo, necesitaba un tiempo de descanso para reflexionar y esta vez nadie puso ningún pero. A mi jefe le contrarió un poco tener que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><a title="anterior fragmento" href="http://davidlombardia.com.es/2012/02/fragmentos/fragmentos-c-6/" target="_blank">[...]el mío.</a></p>
<p>En el trabajo sustituí las dos semanas libres que había pedido inicialmente por un año de excedencia. Alegué que, aparte de los papeleos relativos a la desaparición de mi amigo, necesitaba un tiempo de descanso para reflexionar y esta vez nadie puso ningún pero. A mi jefe le contrarió un poco tener que adaptarse a la nueva situación, pero aceptó con razonable naturalidad que tras la pérdida de una persona importante quisiera respirar, alejarme durante una temporada.</p>
<p><span id="more-1109"></span><br />
Apenas me ausenté de la casa de Brujas durante dos días para formalizar los trámites en el trabajo y entregar a los padres de Alejandro algunas pertenencias y recuerdos de su hijo. No les dije que iba a regresar a su casa, pero lo hice en cuanto que me fue posible, deseoso de volver a introducirme en las páginas que había dejado allí.<br />
A la vuelta el buzón estaba lleno de correspondencia. Postales, cartas y felicitaciones de cumpleaños dirigidas a Alejandro por personas que no sabían de su desaparición. Incluso las que tenían un matasellos más lejano habían sido enviadas después de su muerte.<br />
No conocía a ninguna de las personas que las enviaban y sin embargo sentía la necesidad de hacerles saber que Alejandro no había llegado a leerlas. Aunque podría haber intentado buscar en su agenda los números de teléfono y al menos llamar a algunos de ellos, decidí responder a la dirección del remite de cada una de las cartas. De algún modo me parecía que una carta manuscrita era más valiosa y, por tanto, más justa que una llamada de teléfono de un desconocido. Con los sobres distribuidos en el escritorio del cuarto de trabajo, las fui respondiendo durante los siguientes días una por una sobre unos pliegos color crema con la Meisterstück 149 de Alejandro.</p>
<p>La estilográfica era una sus pertenencias más preciadas. La tenía desde su adolescencia, quizá sobre los dieciséis años, en que la había ganado en un concurso de fotografía para estudiantes; su primer premio. Creo que al principio lo que más le maravillaba de ella era el símbolo que suponía de reconocimiento a una imagen suya, la muestra de que alguien había resultado conmovido por ella. Con el tiempo comenzó a usarla cada vez con más frecuencia y la caligrafía de trazo fino en aquel tono verde oscuro con sombras que tendían al gris a convertirse en parte de su personalidad.</p>
<p>Resulta de una ironía casi macabra cómo determinados objetos nos trascienden, siguen funcionando sin alteración alguna más allá de nuestra muerte, simbolizando la fragilidad de la existencia humana, a la que cualquier golpe del azar puede poner fin sin contemplaciones.</p>
<p>Había leído poco antes una noticia en un periódico acerca de una pareja que había sido descubierta sin vida en su casa, tras recibir la llamada de varios vecinos quejándose por el desmesurado volumen al que sonaba en su casa una misma canción desde hacía horas. La policía los encontró a los dos intoxicados por algo que no recuerdo, muertos en la cama desde la noche anterior. Ellos no habían despertado, pero el equipo de música que debía ponerse en marcha a las nueve de la mañana con su canción favorita sí lo había hecho, y también una pantalla motorizada sobre la que se proyectaba continuamente un breve vídeo compuesto de imágenes en que aparecían los dos amantes anónimos en diferentes lugares. Una y otra vez, la pantalla mostraba a la pareja en un <em>bateaux</em> por el Sena, en lo alto de las Torres Gemelas, salpicándose agua como dos críos en una playa, comparando ampollas frente a la Catedral de Santiago y luego terminaba con unas grandes letras que decían “Feliz aniversario”.</p>
<p>La estilográfica de Alejandro simbolizaba este poder siniestro que me tuvo admirándola a una distancia prudencial antes de resolver rescatarla para responder con ella la correspondencia que se había acumulado y la que fue llegando en los siguientes días.<br />
En el último cajón del escritorio encontré al menos una docena de tinteros de Racing Green, lo que me pareció una cantidad desproporcionada, un pequeño arsenal de sangre verde atesorado con celo.</p>
<p>A medida que escribía con ella, se me iba infiltrando la sensación de estar haciendo justicia a la memoria de Alejandro, creía que tan solo intentaba cerrar lo que el azar había dejado interrumpido. Yo no lo sabía, pero hay una diferencia sutil, apenas un matiz, entre sumergirse en la vida de alguien y apropiarse de ella, <strong>entre tomar prestado y robar</strong>.</p>
</blockquote>
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