Alas de mariposa

Relatos 15 de febrero de 2012

Otro brevísimo relato.

“No puedes tocar las mariposas”, decía siempre mamá. Nunca llegué a preguntarle si era una imposibilidad física, cosa bastante probable dada la velocidad con la que levantaban el vuelo ante cualquier movimiento, o por el contrario algún tipo de mandato ético o natural –tal vez sus alas eran mortalmente venenosas-

El caso es que crecí contemplándolas con una mezcla de respeto, admiración y temor. Por entre los naranjos y almendros del abuelo danzaban siempre en verano docenas de ellas, aleteando de rama a rama mientras los rayos del sol que se colaban por los huecos que dejaban las hojas proyectaban haces de luz por los que ellas cruzaban como un proyeccionista de cine despistado que atravesara el centelleo de la película.

Era una finca larga y estrecha con un sendero central que terminaba en el cauce de un arroyo al que costaba ver el agua y dos hileras de árboles a cada lado que, especialmente los naranjos, proporcionaban una sombra especialmente agradable –fresca y perfumada- a la que sentarse a leer o a escuchar los grillos sobre un taburete de madera que el abuelo había tallado para mí a partir de un tronco de roble del que partían tres ramas que constituían las patas de mi asiento.
Pasaba los días leyendo en aquel taburete novelas rescatadas de un baúl que había en el desván, bebiendo leche fría, camelando a las gallinas con granos de maíz.

Dicen que toda tu vida, los mejores momentos, pasan ante ti justo antes de morir. Tal vez la mariposa blanca que se acaba de posar sobre mi dedo solo ha venido a traerme recuerdos. O tal vez, después de todo, sus alas eran venenosas.

Relato: Selectiva

Relatos 22 de noviembre de 2011

Sentado en el coche, aparcado en una calle vacía, a medianoche, me sobrevino un pensamiento fugaz acerca del tamaño de las cosas.
No soy capaz de recordar el razonamiento con detalle -desapareció más rápido que vino, como si hubiera sido más una ráfaga de alguna mente brillante que entrara por error en la mía durante un instante-, tan solo la temática y la sensación de que aquella idea era tan profundamente verdadera, de tal precisión que el miedo de aceptar el nuevo paradigma era eclipsado y superado por la certeza de comprenderlo.

Puedo reproducir con total precisión cada detalle de aquel instante; el tono anaranjado -propio de las noches urbanas-, el tacto de la piel del volante del coche, el olor del agua caída sobre el asfalto y sobre la vegetación que resistía en el pequeño parquecito de mi derecha.

Recuerdo la melodía hipnótica de la canción que sonaba en la radio, la textura grave y el tono entre desganado y sosegante de la voz del locutor que me la descubrió. También el andar orgulloso de un gato que cruzó en ese momento la calzada y se perdió tras un coche negro rumbo al parque.
Cada uno de esos detalles que atravesaban mis sentidos en ese instante permanece indeleble y vívido, como una secuencia que pudiera explorar una y otra vez.

Todos, excepto la idea que los fijó. A veces creo que nunca existió, y que aquella sensación de haberlo entendido todo solo fue una trampa para obligarme a recordar todo lo demás.

Recuerdos sin borrar

Relatos 20 de noviembre de 2011

Sonó el timbre y una incómoda sensación de desazón le recorrió el cuerpo. Recordó aquella otra vez que había sonado el timbre y todo lo que ocurrió a continuación. Recordó aquel rostro duro, impenetrable, aquella mirada fría coronada por dos cejas que apuntaban con más violencia que el arma que blandía en sus manos y que, si no fuese porque por la forma en que la sostenía parecía pesar demasiado, bien podría haber supuesto que era una réplica de juguete.

Desde entonces había vivido con aquel recuerdo grabado en su mente, percutiendo entre sus ocupaciones mientras preparaba el desayuno y cuando jugaba con su hijo a construir castillos de naipes con una baraja inglesa donde el comodín era un risueño personaje amarillo con bermudas y corbata.

Cada día le resultaba más difícil cumplir con sus obligaciones; había pensado en recurrir a la ayuda de un psiquiatra y se había terminado convenciendo de que no podría ayudarle, ni siquiera entenderlo. Ya nunca podría olvidar aquel rostro desquiciado observando la muerte, salpicado de sangre, desde el umbral de la puerta que se acababa de abrir.

Silencio absoluto al otro lado. Torturado por el recuerdo, volvió a tocar el timbre. Solo deseaba que nunca más hubiese al otro lado del pasillo un espejo como el que aquel día le había mostrado su verdadera cara.

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