Dulce y amarga, como el paso del tiempo o una sonrisa melancólica, como un día soleado en invierno que devuelve la luz a la calle y la llena de frío. Como bonitas canciones sobre decepciones.
La vida es como un combinado de Malibú con tónica. A veces da dolor de cabeza, a veces te ponen garrafón.
Desconfío:
- Desconfío de las sonrisas programadas.
- Desconfío de quienes repiten consignas.
- Desconfío de los halagos de los desconocidos.
- Desconfío de los que no se emocionan con un buen libro o una canción.
- Desconfío de quien se fija más en los resultados que en los medios.
- Desconfío de los que intentan impresionar solo con apariencias.
- Desconfío de quienes tienen una sola inquietud.
Y, a veces, también desconfío de mí.
Pero las más de las ocasiones bajo la guardia, porque confiar es una de las cosas que vale la pena hacer en la vida.
En los días despejados de febrero, las noches son frías y las mañanas espléndidas. La gente se agolpa en el Fontán, casi hasta impedir caminar. Unos bucean entre libros y discos viejos (sostengo en mis manos el vinilo de ‘Joyride’, de Roxette, mientras pienso que ese disco ya tiene 20 años y valoro si ha sido buena idea salir de casa sin dinero…), otros se agolpan en torno a la ropa y calzado, unos pocos compran flores y algunos miran antigüedades.
También la biblioteca está a rebosar de vida los domingos por la mañana. En la sala de prensa, varias personas hacen cola para leer el periódico, aunque hay alguno que no se toma muy en serio lo de apagar -o al menos dejar en silencio- el móvil dentro del templo del conocimiento.
Un poco más allá, la plaza rebosa vida también, los niños juegan a la pelota. Aun juegan a la pelota los niños. Otros echan carreras con su patinete o sus bicis. Aun corren en patinete los críos.
Y sin embargo, llegará la tarde y la ciudad volverá a estar de nuevo muerta. Las calles desiertas, tal vez alguna persona en los cafés que estén abiertos. ¿Estarán todos en el futbol, o aletargados esperando un lunes más?
Como canta Pablo Moro, “qué tristes son en Oviedo las tardes del domingo”.
Leo en un blog que sigo a menudo, una lamentable entrada sobre “gente de derechas” que abunda en el tópico de izquierdas y derechas, en ese corsé absurdo de ideologías de cuando la revolución francesa. ¿Por qué digo que es una distinción absurda? Pues porque no aporta nada: calificar a alguien o, como hacen algunos, autocalificarse como “de izquierdas” o “de derechas” es poco menos que un ejercicio abstracto, porque son conceptos vacíos de contenido.
Si quisiera conocer la opinión política de alguien -algo que va más allá de cuatro siglas- intentaría que me dejase clara cuál es su posición en la disyuntiva entre Estado y libertad individual, cuál es su posición respecto a la propiedad privada, y alguna cosa más. Pero nunca si es de izquierdas o derechas.
La última vez que alguien me preguntó semejante cosa le respondí que yo era de izquierdas. No sé si llegó a quedarle claro que me refería a que soy zurdo.
¿Tú también das una carrera cuando vas por la calle y el semáforo del paso de peatones comienza a parpadear?
¿Tú también dices “deja, ya lo hago yo” cuando alguien no sabe y le cuesta?
¿Tú también lees libros solo en vacaciones?
¿Tú también aborreces las colas del súper y te desesperas en los atascos?
¿Tú también caminas adelantando a los otros transeúntes?
¿Tú también te subes a un vehículo para ir a donde antes ibas caminando?
¿Tú también has dejado de jugar a las cartas
¿Tú también has dejado de disfrutar de ir despacio por la vida?
¿Tú tampoco sabes por qué ya no es cómo antes?