Un hombre come con la mirada perdida en la pantalla de un ordenador, ajeno a lo que sucede a su alrededor.
Tiene en el plato una sopa, de la que se lleva a cada rato una cucharada hacia la boca de forma despreocupada -aunque de alguna forma, inexplicablemente precisa- con la mano izquierda.
Relato: El tendero
Relatos 1 de diciembre de 2011
En la parte vieja de la ciudad, entre un par de bares que pocos turistas se aventuraban a visitar, había una tienducha casi invisible donde un viejo vendía poemas. Era un local pequeño y en permanente penumbra, donde el poeta rumiaba sus versos y los plasmaba en unos papeles de textura rugosa con una pluma de aspecto vetusto pero de porte recio, que manejaba con una asombrosa facilidad y precisión, con trazos limpios y redondeados en una caligrafía que seguía unos renglones caprichosos, casi desordenados.
Le visitaban a menudo jóvenes estudiantes que, por vanidad o por admiración, gustaban de curiosear por entre los pliegos amarillentos y, si se dejaba, compartir algunos minutos de charla con él. Luego, escogían uno de los papeles y preguntaban “¿Qué le debo?”, lo que desencadenaba otra pregunta invariable “¿Qué te llevas?”.
Y el cliente se acercaba entonces hasta la puerta principal para alcanzar la luz suficiente como para distinguir las palabras, procediendo entonces a recitar uno tras otro sus propios versos al viejo, que los escuchaba con decidida atención.
Cuando se hacía de nuevo el silencio, ponía sin pensarlo un precio que nadie osaba discutir y que las más de las veces no podía ser pagado en el momento: dos cigarros, un bote de tinta, media docena de claveles…El anciano no gustaba de grandilocuencias ni artificios; incluso una vez llegó a expulsar de su reducto, verdaderamente enfadado, a uno de aquellos chicos que se dirigió a él como “amado e imponderado vate”. Todo lo que hacía era coger un pliego y una pluma y escribir palabras que, eventualmente, alguíen podía recuperar y leerle y así, descubrírselas justo antes de marchar con ellas para siempre.
Quizás todos los que quisieran ser llamados poetas debieran ser ciegos y vivir en penumbra como aquel tendero.
Relato: Selectiva
Relatos 22 de noviembre de 2011
Sentado en el coche, aparcado en una calle vacía, a medianoche, me sobrevino un pensamiento fugaz acerca del tamaño de las cosas.
No soy capaz de recordar el razonamiento con detalle -desapareció más rápido que vino, como si hubiera sido más una ráfaga de alguna mente brillante que entrara por error en la mía durante un instante-, tan solo la temática y la sensación de que aquella idea era tan profundamente verdadera, de tal precisión que el miedo de aceptar el nuevo paradigma era eclipsado y superado por la certeza de comprenderlo.Puedo reproducir con total precisión cada detalle de aquel instante; el tono anaranjado -propio de las noches urbanas-, el tacto de la piel del volante del coche, el olor del agua caída sobre el asfalto y sobre la vegetación que resistía en el pequeño parquecito de mi derecha.
Recuerdo la melodía hipnótica de la canción que sonaba en la radio, la textura grave y el tono entre desganado y sosegante de la voz del locutor que me la descubrió. También el andar orgulloso de un gato que cruzó en ese momento la calzada y se perdió tras un coche negro rumbo al parque.
Cada uno de esos detalles que atravesaban mis sentidos en ese instante permanece indeleble y vívido, como una secuencia que pudiera explorar una y otra vez.Todos, excepto la idea que los fijó. A veces creo que nunca existió, y que aquella sensación de haberlo entendido todo solo fue una trampa para obligarme a recordar todo lo demás.
En los días de lluvia
Relatos 19 de noviembre de 2011
En los días de lluvia, Pilar salía a pasear por la calle. Sin paraguas. Sin chubasquero siquiera.
Podías verla con los vaqueros empapados y su pelo largo y rizado chorreando por su espalda y por su cara con las gotas resbalándole entre las pecas, cantando bajo la lluvia.En los días soleados Pedro dibujaba una sonrisa, y salía a silbar melodías inventadas al compas de sus pasos con el brillo de la luz solar reflejándose en sus inmensos ojos marrones.
El día que se encontraron, Pedro silbaba una melodía melancólica y Pilar cantaba una vieja letra que tal vez había escuchado mucho tiempo atrás.
Concentrados en su música, fueron posiblemente las dos únicas personas del mundo que no vieron el arco iris más vivo y espectacular de todos los tiempos. Estaban demasiado cerca.
