Bailarines

Relatos 8 de abril de 2012

Bailarines

Un grito agudo y prolongado ha despertado a Alberto de su sueño de forma súbita, convirtiendo aquella realidad en una ilusión, apenas siquiera un recuerdo que se afana en repasar con la intención de no dejarlo escapar.

Bailaba con una mujer un vals inglés en un enorme salón de aspecto clásico. La música flotaba en la estancia como una niebla sonora que los acariciaba con su ritmo y su melodía. Él completaba su pijama de franela con una pajarita y unos brillantes zapatos negros, y ella danzaba descalza enfundada en un vaporoso vestido de color claro y finísimos tirantes que dejaban sus hombros prácticamente descubiertos. Unos hombros sobre los que caía su melena, perfumando a su alrededor con una fragancia que él intenta evocar en su duermevela, persiguiéndola ahora entre las volátiles fronteras de lo ilusorio como lo hacía justo antes de que el grito le despertase, cuando acercaba sus sentidos cada vez más al origen de aquel perfume sin dejar de bailar, en un ejercicio que requería de delicada harmonía.

Lucía también ha despertado bruscamente en medio de la noche. Instintivamente se lleva la mano al foco de su dolor. Se levanta a por un vaso de agua intentando no apoyar su quejumbroso pie derecho que, piensa, de repente duele como si alguien lo hubiera atropellado con unos grandes zapatones.

Sueños…

personal 12 de julio de 2011

Como quiera que hace ya tiempo que no escribo algo que no sea ficción y la siguiente entrega de ‘Fragmentos’ (nombre en clave ‘F9′) se me está demorando más de lo previsto -la falta de inspiración es importante pero en este caso puede más la falta de ánimo-, de repente me apetecía escribir algo más cotidiano y personal, pero que tuviese al mismo tiempo un toque esperanzado y optimista.

Y de repente, solo me salían historias con olor a relato breve, retazos de las canciones que escucho y sueños.  Sueños arrancados a la noche.   Algunos irrelevantes, otros angustiosos, pero unos pocos ilusionantes, luminosos, esperanzadores.  Como la vida misma supongo, pero con un poder especial.

¿Alguna vez os habéis despertado sintiendoos felices y deseando volver -o quedaros- a donde vuestra mente os había llevado en sueños?

Encontrando diamantes en sueños

personal 7 de marzo de 2011

El otro día soñé con un niño que jugaba por una cantera. En una serie de recipientes se iban almacenando consecutivamente los diferentes materiales según su calibre. Arena, gravilla, grava, y así cada vez un poco más grande.
Pero el niño reparó en el que había depositadas unas pocas -quizás un par- piezas más grandes, irregulares, del tamaño de un puño, cual una granadina oscura.
Y, efectivamente, aquellas piezas parecían estar compuestas de otras más pequeñas, con una carcasa exterior que las envolvía.  Así, el niño se dedicó a abrir una de ellas para comprobar que el interior contenía otras piedras de color negro, pequeñas y mucho más regulares, que el chaval fue desgranando. En el corazón de aquella pieza, sin embargo, la última piedrecilla no era negra, sino traslúcida, y en su centro, un brillo especial le dijo a su intuición que aquello era un diamante.

¡Un diamante! ¡Había encontrado un diamante en aquella cantera!. El niño apretó fuertemente aquella piedra preciosa deseoso de contar su hallazgo a alguien, cuando un adulto apareció tras suyo, reprendiéndole por haber convertido una de aquellas escasas piezas grandes, en un montón de pequeñas piedras, como las que tanto abundaban en el contenedor de al lado.

El niño apenas escuchó los gritos, sino que exclamó emocionado ”¡un diamante!¡mira, he encontrado un diamante!” mientras extendía la mano abierta, con su piedrecilla en la palma, hacia un adulto que, si le escuchó, no le hizo ningún caso y se marchó de nuevo dejándole solo con su diamante.  Porque aquella piedra tan bonita solo podía ser un valioso diamante.

Poco después, apareció otro hombre, quien dijo al chico que le habían contado que había encontrado una piedra muy bonita, que parecía un diamante y que, aunque seguramente no lo fuese, se la podía cambiar por unas cuantas monedas.  El chaval, un poco desconcertado, le respondió que prefería quedarse con *SU* piedra. Tal vez no valía nada pero a él le gustaba, era bonita y después de haber estado jugando con ella un rato, la apreciaba aun más. Volvió a apretarla en su mano, muy fuerte…

Más o menos ahí fue cuando me desperté.  Entonces tuve la sensación de que mi inconsciente había tejido esa fábula mientras dormía para decirme algo.

Fase REM

Relatos 28 de julio de 2010

Volvió a cruzársela a las 8 menos 7 minutos.

Como el día anterior. Al igual que cada domingo a las once y cuarto cuando salía al quiosco.
No le importaba, porque ello le permitía volver a verla una vez más. La veía acercarse unos metros más allá y levantaba la vista como si al día siguiente no fuese a verla más, como si quisiese contar cuántas vetas había en aquellos ojos marrones. Se cruzaban, y el olor de su pelo todavía húmedo lo impregnaba todo durante unos instantes.

¿Dónde lo había olido antes?. A veces tenía la impresión de que ella le miraba, también pensativa. Tal vez se había dado cuenta de que se cruzaban todos los días a la misma hora en el mismo lugar. A veces creía ver que se le escapaba entre los labios una pequeña sonrisa. Entonces, él miraba al suelo fingiéndose distraído y sólo alzaba la mirada cuando la distancia entre ambos volvía a aumentar.

Ahí terminaba su encuentro de cada día. Nunca volvía la cabeza porque le daba miedo. No era su espalda, sino su cara. Temía que por una de esas casualidades, ella hiciese lo mismo y le viese intentando escudriñar dónde había visto esa mujer antes.

Por la noche, como cada una desde hacía más de tres años, se miraron, hablaron, se abrazaron y decidieron que tenían que pasar más tiempo juntos para mejorar su relación.
Pero cuando algo antes de las 7 de la mañana, como todos los días, en sus casas sonó el despertador, ninguno de los dos fue capaz de recordarlo. A las 8 menos 7 minutos volvieron a cruzarse dos viejos desconocidos.

Leer es sustituto de soñar

personal 19 de abril de 2007

Hacía ya tiempo que no me quedaba leyendo hasta las dos de la madrugada, lo cual no debe de ser muy recomendable cuando uno tiene que levantarse poco después de las siete para ir a trabajar, pero un buen libro o un libro que consiga ‘engancharte’ es una de las pocas cosas que consiguen que te levantes más o menos descansado a pesar de haber dormido menos de seis horas.

Recién terminado, quería referirme a él. Me lo compré (en edición de bolsillo, por supuesto) hace ya unas cuantas semanas en la FNAC porque me sonaba el título de haber oido a alguien hablar de él (pero no recordaba si bien o mal) y porque me llamaba la atención el planteamiento. Después de un tiempo reposando en la habitación encontré el momento de empezarlo.
Se titula “Breve historia de los que ya no están” y lo firma Kevin Brockmeier. Tal vez no sea un prodigio literario, pero lo cierto es que ha conseguido que, una vez más, haya quitado tiempo de otras cosas para ponerme a leer y terminarlo en dos días escasos.

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